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miércoles, 28 de septiembre de 2011

RÍO ARRIBA (O CUÁL ES EL ORIGEN DE NUESTROS PROBLEMAS): (I) LA IMPORTANCIA DEL CAMBIO TECNOLÓGICO.


En las próximas entradas, vamos a hablar de los motivos que llevaron a que los bancos centrales ejecutaran unas políticas monetarias expansivas que, según opino y según he razonado con anterioridad, están en el origen de la crisis actual.

Para explicar nuestra teoría, vamos a hablar, por un lado, de la producción (el lado real de la economía) y, por otro, de la oferta monetaria (el lado financiero), porque en la interacción de ambas y en su relación con las expectativas sociales radica el núcleo del problema. Hoy, trataremos el primer aspecto.

* * *

Desde que Adam Smith publicara, en 1776, La Riqueza de las Naciones, el centro de atención de la Ciencia Económica ha sido determinar las causas que originaban que el nivel de vida de un país fuera mayor o menor. El economista escocés tenía una fe absoluta en las fuerzas del mercado (a las que él denominaba la “mano invisible”) como mecanismo que garantizaba el crecimiento económico permanente y sin límites.


Adam Smith
(1723-1790)

Sin embargo, los siguientes economistas de la Escuela Clásica se mostraron menos optimistas. Malthus, en su Ensayo sobre la población (1798), ya apuntaba que los aumentos demográficos eliminarían todas las ventajas que se pudieran derivar del crecimiento de la producción de bienes y servicios, de forma que los niveles de vida individuales se mantendrían en el umbral de la mera subsistencia. David Ricardo, desde otra perspectiva, en sus Principios de Economía Política y Tributación (1817), también defendía que la producción (y la población) acabarían alcanzando un máximo, de forma que el grado de desarrollo económico de un país alcanzaría lo que se podría denominar como “estado estacionario”. El motivo fundamental para que exista dicho “estado estacionario” es la llamada “ley de los rendimientos decrecientes”: cuando se van incorporando nuevos elementos de un factor de producción determinado, llega un momento en que la productividad añadida de cada elemento incorporado se va reduciendo. Imaginemos una parcela de terreno agrícola. Conforme vayamos añadiendo trabajadores, la producción de la parcela irá aumentando, pero, a partir de un determinado instante, al ir sumando nuevos trabajadores a la parcela, los rendimientos no irán creciendo en la misma proporción, sino que los mismos irán creciendo a una tasa cada vez menor. Llegará un momento en que la producción llegará un máximo y el añadir más trabajadores no servirá para que la misma aumente, sino que, incluso, disminuirá. Esta es la lógica que existe detrás de la idea del “estado estacionario”.

La eliminación de las trabas internas a los mecanismos del mercado y el comercio exterior podrían llevar dicho “estado estacionario” a un nivel mayor de producción pero no evitarían alcanzar el mismo. 
 


 

Thomas Robert Malthus (1766-1834)     

  



 David Ricardo (1772-1823)


Después de la II Guerra Mundial, la rama de la economía dedicada a los temas de crecimiento y desarrollo tuvo un gran apogeo, en la medida en que había que explicar el gran crecimiento experimentado por los países desarrollados y, en base a ello, había que proponer recetas para paliar el atraso de las economías subdesarrolladas, en muchos casos países que acababan de conocer un proceso de descolonización.

El modelo teórico que más relevancia tuvo (a pesar de las críticas que recibió) a la hora de explicar las causas del crecimiento económico fue el propuesto por Robert Solow, Premio Nobel de Economía en 1987.



Robert Solow
(n. 1924)

En principio, Solow llegaba a una conclusión similar a la deducida por David Ricardo: dada la tasa de ahorro, la renta per cápita de un país alcanzaría un máximo. Como en la teoría de aquel, sí existen elementos que podrían llevar ese máximo a un nivel mayor: podría elevarse la tasa de ahorro o podría aumentar la tasa de actividad de la población (es decir, el porcentaje de población dispuesta a trabajar), pero la tasa de ahorro no puede superar un cierto límite (ya que una parte de la renta disponible se tiene que dedicar necesariamente al consumo) y la tasa de actividad no puede ser superior, en ningún caso, al 100%. Por lo tanto, todo proceso de crecimiento económico debería llevar a un nivel máximo de renta per cápita, que no podría superarse.

Sin embargo, los datos históricos muestran que, a pesar de que la tasa de ahorro se ha mantenido relativamente invariable durante largos períodos y, coincidiendo ello, con épocas de tasas de actividad estables, la renta per cápita ha experimentado importantes crecimientos. ¿Cuál es el elemento que provoca que ello sea así? El cambio tecnológico. La innovación en productos y procesos genera el aumento de lo que el modelo de Solow denomina “Productividad Total de los Factores” (PTF), de forma que, empleando el mismo número de trabajadores y con el mismo nivel de inversión en bienes de capital, se obtiene un mayor volumen de producción de bienes y servicios. Sólo con la innovación tecnológica se puede romper los límites que la ley de rendimientos decrecientes impone al aumento de los niveles de vida. En el ejemplo del terreno agrícola, que hemos expuesto más arriba, una mejora de los fertilizantes utilizados aumentará la producción, sin necesidad de aumentar el número de trabajadores o de ampliar el equipamiento agrícola.

A partir de este principio, hay dos cuestiones que, en este momento, nos deben interesar. La primera está relacionada con la evolución histórica de la “Productividad Total de los Factores” (PTF). La segunda tiene que ver con sus implicaciones en materia de política económica.

1.- La evolución histórica del crecimiento de la productividad.- Cuando han coincidido innovaciones tecnológicas radicales en materia de procesos, energía, transportes y comunicaciones, los aumentos de la productividad y de los niveles de vida han sido espectaculares. Pensemos en la I Revolución Industrial, con la introducción de la mecanización, de la máquina de vapor y del ferrocarril. Pensemos en la II Revolución Industrial, con los inicios de la utilización del petróleo, la aparición de la telefonía, el desarrollo de la industria química y el auge del transporte marítimo interoceánico. Ya en el siglo XX, el automóvil, la electricidad, el automóvil, el transporte aéreo y la informática han cambiado la faz de nuestros sistemas económicos.

Sin embargo, desde finales de los 60, algo empezó a fallar (y, para ser sinceros, aún no está claro lo que es, aunque no faltan las teorías, claro está). Según datos aportados por Paul Krugman en su libro Vendiendo prosperidad (1994, publicado en España por la Editorial Ariel), en Estados Unidos “desde finales del siglo XIX hasta la II Guerra Mundial, la productividad creció, en promedio, alrededor de un 1,8% al año, lo suficiente para duplicar aproximadamente los niveles de vida cada cuarenta años. Desde la II Guerra Mundial hasta 1973, el crecimiento medio fue mayor, un 2,8% anual, lo suficiente para duplicar los niveles de vida cada veinticinco años. Desde 1973, la productividad creció, en promedio, menos de un 1% al año, ritmo que tardaría ochenta años en lograr el aumento del nivel de vida que se registró en menos de una generación después de la II Guerra Mundial”. (Hay que indicar, no obstante, que, desde 1973, el comportamiento de la productividad no ha sido homogéneo. Según datos de la misma obra, en el período 1979-1989 el crecimiento de la productividad por asalariado fue sólo del 0,8% al año. Según un documento del Servicio de Estudios del BBVA, elaborado por Jorge Sicilia, en el período 1995-2005, la productividad volvió a crecer a tasas cercanas al 3%, manifestándose nuevamente una desaceleración en 2006, con un crecimiento de sólo el 1,5%. Con independencia de los matices indicados, es importante que nos quedemos con la tendencia patente de reducción del crecimiento de la PTF).

En la obra colectiva Problemas económicos españoles en la década de los 90 (publicado por Galaxia Gutenberg en el año 1995), el profesor José Luis Raymond aportaba datos de la evolución de la PTF en España y en la Unión Europea en los subperíodos 1960-1975, 1976-1985 y 1986-1991. En el caso español, el crecimiento de la PTF en cada subperíodo es 4,9%, 1,9% y 1,3%, respectivamente. Para la Unión Europea, la evolución es del 3,0%, del 1,6% y del 1,1%. Se deduce, claramente, que la tendencia es paralela a la experimentada por Estados Unidos.

Observemos que, en los últimos 40 años, las únicas innovaciones tecnológicas de gran impacto han venido del campo de la informática y la telefonía móvil. Dos áreas que, en el pasado, fueron fundamentales para articular cambios productivos a gran escala, como son la energía y los transportes, apenas han experimentado cambios relevantes. Precisamente, la década 1995-2005, años en que tuvo lugar la introducción masiva de la telefonía móvil y la aplicación sistemática de los grandes cambios  en el área de informática e internet, fue cuando el aumento de la productividad experimentó, según los datos de Estados Unidos, un notable repunte. Sin embargo, los efectos de sus cambios se han agotado, de momento, y no se vislumbran nuevas oportunidades para abrir vías alternativas al crecimiento de la productividad. Éste es un elemento que les pido que recuerden porque lo vamos a retomar con posterioridad.

2.- Implicaciones de política económica.- Cuando llega la hora de las campañas electorales y los candidatos presentan sus programas, el objetivo manifiesto que todos pretenden alcanzar es mejorar el nivel de vida de los ciudadanos. Cuando explican cómo van a conseguirlo, hablan de impuestos, de prestaciones sociales, de medidas de gasto público… Pero, ¿cuántas veces hablan de innovación tecnológica y de medidas para fomentarla? Raramente, suele ser ese un tema de debate o discusión… Lo paradójico es que, a largo plazo, ahí radica la vía principal para conseguir el objetivo proclamado como prioritario. La paradójica situación que se produce es digna de reflexión: desde el punto de vista social, las expectativas de los ciudadanos son de apoyar a opciones que ofrezcan soluciones para conseguir continuos aumentos del nivel de vida. Desde la política, se intenta ofrecer programas para satisfacer dichas aspiraciones pero, sorprendentemente, en la mayoría de los casos no se pone el énfasis en los elementos relevantes para ello.

La causa de ello es fácil de explicar. Por un lado, las medidas tendentes a favorecer la innovación tecnológica sólo dejan ver sus efectos a medio y largo plazo. Por otro lado, la aparición de innovaciones tecnológicas importantes que logran elevar sustancialmente el nivel de vida no se produce de forma uniforme sino de modo ostensiblemente irregular en el tiempo. Ello provoca que sea difícil determinar cuándo va a tener lugar la eclosión de nuevas tecnologías que puedan ser aplicadas a los procesos productivos con efectividad y, por tanto, resulta difícil e incierto hacer propaganda electoral de los éxitos que se puedan obtener.

La consecuencia de esta contradicción es que, en la agenda política, se discuten temas que no forman parte del núcleo de cuestiones esenciales para lograr los objetivos que los ciudadanos exigen y los partidos buscan cumplir, de forma que se van sucediendo medidas y planes económicos que no generan los resultados apetecidos. La insatisfacción con la clase política que muestran las sucesivas encuestas y sondeos en la mayor parte de los países occidentales está muy relacionada con la paradoja expuesta.

Quedémonos, por tanto, con dos ideas fundamentales:

1.- La importancia del cambio tecnológico para conseguir aumentos de los niveles de vida, vía crecimiento de la productividad.

2.- Desde finales de los 60, en Estados Unidos y Europa hay datos que señalan una clara tendencia al estancamiento de la productividad, hecho de que desembocaría en un estancamiento de los niveles de vida, lo cual entraría en oposición con las expectativas sociales dominantes.

Sin embargo, para resolver la contradicción hay que reconocer que los gobiernos no cayeron en la parálisis. Sí que adoptaron estrategias aunque, habitualmente, no las sometieron al escrutinio del debate público. Aunque no se trataban de medidas que fueran ocultadas, sí que, en buena parte, o contradecían las declaraciones públicas de los gobiernos, o evitaban ser debidamente expuestas en los programas electorales o planes económicos anunciados, o se eludía la explicación de las consecuencias que se iban a producir…

En la próxima entrada, seguiremos hablando del tema…


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