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domingo, 2 de noviembre de 2014

SECTOR PÚBLICO: TEORÍA Y PRÁCTICA (XII)





En las anteriores entradas, hemos visto cómo los elementos que configuraron el paradigma keynesiano estimularon una mayor intervención del sector público y una combinación de políticas que tendían a impulsar la demanda agregada mediante una expansión tanto fiscal como monetaria. Igualmente, las políticas de redistribución de la renta también ayudaron a impulsar la demanda, en la medida en que mejoraron los niveles de ingresos de los segmentos con menor renta, los cuales tienen mayor propensión al consumo que al ahorro. En suma, todas estas políticas ayudaron a impulsar el crecimiento pero, en última instancia, ello dependió de unas circunstancias económicas favorables.

Habría que decir, más bien, que la circunstancia favorable era una y fundamental: el importante crecimiento de la productividad que tuvo lugar tras la finalización de la Ii Guerra Mundial con la incorporación al sistema económico de importantes avances técnicos centrados en la utilización masiva de la electricidad y los derivados del petróleo, el crecimiento de medios de transporte novedosos como el automóvil y el transporte aéreo y la automatización intensiva de los procesos de producción.

Mientras los crecimientos de productividad se mantuvieron, la expansión de la demanda no sólo era perjudicial sino que ayudaba a sostener elevadas tasas de crecimiento. El problema surgió cuando esos aumentos de la productividad empezaron a debilitarse. Ya vimos en anteriores entradas (por ejemplo: http://eldedoeneldato.blogspot.com.es/2011/09/rio-arriba-o-cual-es-el-origen-de.html) la magnitud de la caída que afectó tanto a Estados Unidos como a Europa y que el concepto relevante era la denominada “Productividad total de los factores” (http://eldedoeneldato.blogspot.com.es/2014/03/el-cambio-tecnologico-la-madre-de-todos.html).


Según datos aportados por Paul Krugman en su libro Vendiendo prosperidad (1994, publicado en España por la Editorial Ariel), en Estados Unidos “desde finales del siglo XIX hasta la II Guerra Mundial, la productividad creció, en promedio, alrededor de un 1,8% al año, lo suficiente para duplicar aproximadamente los niveles de vida cada cuarenta años. Desde la II Guerra Mundial hasta 1973, el crecimiento medio fue mayor, un 2,8% anual, lo suficiente para duplicar los niveles de vida cada veinticinco años. Desde 1973, la productividad creció, en promedio, menos de un 1% al año, ritmo que tardaría ochenta años en lograr el aumento del nivel de vida que se registró en menos de una generación después de la II Guerra Mundial”. (Hay que indicar, no obstante, que, desde 1973, el comportamiento de la productividad no ha sido homogéneo. Según datos de la misma obra, en el período 1979-1989 el crecimiento de la productividad por asalariado fue sólo del 0,8% al año. Según un documento del Servicio de Estudios del BBVA, elaborado por Jorge Sicilia, en el período 1995-2005, la productividad volvió a crecer a tasas cercanas al 3%, manifestándose nuevamente una desaceleración en 2006, con un crecimiento de sólo el 1,5%. Con independencia de los matices indicados, es importante que nos quedemos con la tendencia patente de reducción del crecimiento de la PTF).

En la obra colectiva Problemas económicos españoles en la década de los 90 (publicado por Galaxia Gutenberg en el año 1995), el profesor José Luis Raymond aportaba datos de la evolución de la PTF en España y en la Unión Europea en los subperíodos 1960-1975, 1976-1985 y 1986-1991. En el caso español, el crecimiento de la PTF en cada subperíodo es 4,9%, 1,9% y 1,3%, respectivamente. Para la Unión Europea, la evolución es del 3,0%, del 1,6% y del 1,1%. Se deduce, claramente, que la tendencia es paralela a la experimentada por Estados Unidos.

Las políticas expansivas de demanda junto a la caída de la productividad acabaron generando tensiones que se manifestaron en desequilibrios del sector exterior junto a la aparición de presiones inflacionistas, siendo el caso más claro el de Estados Unidos. Ya vimos en su momento cómo, a finales de los 60, la balanza de bienes y servicios de Estados Unidos empezó a tener signo negativo:




Fuente: U. S. Bureau of Economic Analysis


Asimismo, la mayor presión de la demanda sobre la oferta empezó a provocar alzas de precios que rompían claramente con la tendencia de las dos décadas anteriores:




Fuente: U. S. Department of Labor


Los desequilibrios que tuvieron su origen en Estados Unidos (básicamente, el déficit de la balanza de bienes y servicios) provocaron que los flujos de dólares fuera del país se intensificaran y, con ello, se viniera abajo el acuerdo de Bretton Woods y el sistema de tipos de cambio fijos (http://eldedoeneldato.blogspot.com.es/2011/10/rio-arriba-o-cual-es-el-origen-de.html).

Todo este proceso tuvo como trasfondo dos fenómenos que, aún a día de hoy, cuesta dilucidar si fueron la causa fundamental de la caída de la productividad o unos meros complementos de la misma:

1.- El hiperintervencionismo público.- La implantación del paradigma keynesiano provocó que la intervención del sector público en el sistema económico fuera más allá del punto en que, inicialmente, se planteó como adecuada. La creciente regulación, el aumento del número de programas de gasto público y del volumen de recursos que suponían y la asunción de una cada vez más larga lista de objetivos a alcanzar acabó redundando en una clara pérdida de eficacia de la acción del gobierno y de las autoridades públicas. Desde finales de los 60, y más claramente desde la década de los 70, el descontento social hacia la acción del sector público no ha dejado de crecer y manifestarse en un cada vez más notorio desapego hacia las urnas y hacia la participación en los procesos electorales y, de modo paralelo, en los últimos tiempos, en el avance de opciones radicales. Dejemos aquí el razonamiento porque, en las siguientes entradas, veremos qué ha sucedido con la necesaria racionalización del sector público, que debería ser una prioridad esencial pero que no ha sido desarrollada convenientemente, algo que ha perjudicado notablemente a la marcha de las economías occidentales.

2.- La quiebra del “fordismo”.- El segundo elemento que hay que mencionar es la quiebra de lo que se ha venido en denominar “fordismo” y que sintetizaría los principales rasgos del sistema productivo en las economías occidentales después de la II Guerra Mundial y que determinaba los sistemas de retribución, las formas organizativas e, incluso, los modelos de consumo dominantes. A partir de 1945, se impuso la cadena de montaje como forma básica de producción en las empresas industriales, lo cual lleva asociado la elevada estandarización de los productos, la existencia de grandes unidades de producción, la elevada mecanización de los procesos de trabajo y, por ende, la elaboración de un elevado número de unidades de ítems de consumo limitados y un poder importante de las organizaciones sindicales. Este modelo empezó a quebrar a finales de los 60, ya que, con mayores niveles de renta, es más difícil mantener a un elevado número de trabajadores haciendo tareas rutinarias y repetitivas (una cuestión que remite, pura y simplemente, a la escala de necesidades de Maslow: http://es.wikipedia.org/wiki/Pir%C3%A1mide_de_Maslow). Por ello, hubo que acometer nuevas formas de organización industrial que suponían procedimientos y procesos más flexibles y la externalización de los procesos más elementales y rutinarios a países con menores niveles de renta.

Desde el punto de vista de la marcha del sistema económico, es importante resaltar que, en los años de expansión, el “fordismo” conllevaba unos crecimientos salariales por debajo de los incrementos de productividad, lo cual constituía un factor desinflacionista claro. A su vez, llevaba consigo que las diferencias salariales entre los distintos segmentos organizativos no fueran excesivamente elevadas. Cuando el “fordismo” entró en crisis, la relación entre evolución salarial y evolución de la productividad se rompió y mientras que la segunda frenó su crecimiento, los salarios empezaron a subir a por encima de ella. Ello constituyó un nuevo acicate para la subida de la inflación y, a su vez, puso en marcha importantes cambios en la estructura productiva que, en gran medida, aún estamos viviendo.

En suma, el cambio de circunstancias económicas llevó a que el paradigma keynesiano fuera insostenible y se sustituyera por el que podemos denominar paradigma neoliberal. A ello, dedicaremos la próxima entrada del blog.

 


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