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viernes, 21 de noviembre de 2014

SECTOR PÚBLICO: TEORÍA Y PRÁCTICA (XIII)




En nuestro recorrido por la evolución del sector público, hemos llegado al paradigma dominante en el momento actual que, por comodidad, vamos a llamarlo “paradigma neoliberal”, en la medida en que se aparta del keynesianismo previo y adopta la visión liberal como directriz de sus actuaciones. Cuando desarrollemos nuestras explicaciones, veremos que hay contradicciones importantes en la aplicación efectiva del paradigma pero, de momento, lo que toca es comprender las razones básicas de su nacimiento y los éxitos iniciales que supuso su implantación.

E.- PARADIGMA NEOLIBERAL (1981-?).- Como vimos al terminar de exponer el paradigma keynesiano, este acabó por generar un impulso a la demanda agregada que provocó, cuando empezaron a descender los aumentos de productividad, desequilibrios en todo el sistema económico, que se resumieron en un alza descontrolada de la inflación. Por ello, para poner remedio a estos problemas, los argumentos que se expusieron tenían dos vertientes distintas pero complementarias:

- Por un lado, al amparo de las ideas del monetarismo y de la Escuela Austríaca, se situó la estabilidad de precios como principal objetivo de la política económica, por encima de la lucha contra el desempleo.

- Por otro lado, al amparo también de las ideas de la Escuela Austríaca y las de la Economía de la Oferta, se consideró que era el excesivo intervencionismo público las causas de la desaceleración económica y de la caída de la productividad que estaban teniendo lugar, de modo que el menor peso del sector público conseguido a través de reducciones de impuestos, la privatización de empresas públicas y la desregulación de amplios sectores productivos pasaron a ser los criterios orientadores en las políticas económicas de los países occidentales.


Dos personajes fundamentales tuvieron un peso decisivo en el cambio de orientación de la política económica: Margaret Thatcher, que fue Primera Ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990 y Ronald Reagan, quien fue Presidente de los Estados Unidos entre 1981 y 1989.



 Margaret Thatcher



Ronald Reagan

Sin embargo, tan importante como quienes tuvieron éxito en sus políticas, fueron quienes fracasaron en ellas y hay que mencionar, en este sentido, cuatro grandes fiascos que ayudaron, indirectamente, a acabar de enterrar las políticas expansivas de demanda y la defensa incondicional del intervencionismo público.

1.- El primero, tuvo lugar en España. Cuando en 1973 tuvo lugar el primer shock del petróleo, el Ministro de Hacienda de la época, Antonio Barrera de Írimo, decidió aplicar una política compensatoria (con subidas del gasto público y de los salarios y bajadas de tipos de interés) que partió de la consideración de que la subida de los precios del crudo era un fenómeno meramente coyuntural y que no había que tomar medidas de mayor calado. A pesar de que su sucesor, Rafael Cabello de Alba, sí decidió aplicar un importante recorte del gasto público, en la certeza de que el modelo económico desarrollado era insostenible, bajo el mandato de los dos Ministros de Hacienda posteriores (Juan Miguel Villar Mir y Eduardo Carriles) se llevó a cabo una política permisiva que volvía a los postulados aplicados a raíz de la crisis del 73. Aunque el trasfondo de estas decisiones era claramente político, con la debilidad del régimen de Franco como obstáculo para emprender una política económica rigurosa, sus consecuencias se reflejaron en un alza exponencial del nivel de precios. Tras las elecciones de junio de 1977, el recién nombrado Vicepresidente de Asuntos Económicos, Enrique Fuentes Quintana, comprobó cómo la inflación se dirigía a tasas cercanas al 50%, de modo que fue necesaria la aprobación de los Pactos de La Moncloa para reconducir una situación tan preocupante. La filosofía subyacente a esos Pactos fue similar a la que, con posterioridad, se aplicaría a la hora de implantar las políticas de ajuste en otros países. 




La experiencia que hemos descrito mostró que recetas de carácter keynesiano no eran eficaces en el nuevo escenario económico que se empezaba a dibujar.

2.- El segundo gran fracaso fue el de las políticas aplicadas por François Mitterand en sus tres primeros años como Presidente de Francia, con Pierre Mauroy como Primer Ministro y Jacques Delors (futuro Presidente de la Comisión Europea) como Ministro de Economía y Finanzas. El conjunto de políticas englobadas bajo el lema de “vía francesa hacia el socialismo” incluía nacionalizaciones de empresas, la implantación de un impuesto sobre las grandes fortunas, aumentos significativos del salario mínimo y ampliación del período de vacaciones pagadas. Tras varias devaluaciones de la moneda, Mitterand decidió dar un volantazo en la política económica, con Laurent Fabius como Primer Ministro y Pierre Bérégovoy como Ministro de Economía, implantando una política de ajuste basada en la vinculación del franco francés con el marco alemán. Curiosamente, Delors, siendo Presidente de la Comisión Europea, impulsó la firma del Tratado de Maastricht, cuya filosofía fue la contraria a la que él siguió cuando fue Ministro de Economía en Francia.



 François Mitterand


Jacques Delors

3.- Otra experiencia fallida fue la Presidencia de Alan García en Perú entre 1985 y 1990. García también emprendió una política expansiva de la demanda con un importante incremento del gasto público, decidiendo, además, en 1987, la nacionalización de la banca. El aumento del déficit exterior y la devaluación de la moneda nacional (el inti) sólo fueron el preludio de un proceso de hiperinflación que llevó al índice de precios a subir un 1.722,3% en 1988 y un 2.775% en 1989. En las elecciones presidenciales de 1990, la formación política de Alan García, el APRA, no pudo ni pasar a la segunda vuelta ante el descontento de la población por la situación económica.


 
Alan García

4.- Pero, sin duda alguna, la experiencia que acabó con cualquier posibilidad de configurar una alternativa al paradigma neoliberal en la década de los 90 fue el colapso de la burbuja inmobiliaria japonesa a partir de 1992. La política económica de Japón, a finales de los 80 y principios de los 90, se configuraba como un modelo diferente al que se había convertido en imperante en los países occidentales y parecía ser prometedor y viable. 

De hecho, John Kenneth Galbraith, en Historia de la economía, en su edición de 1992, comentaba que “el mundo industrial – y Estados UnIdos en grado no menor que otros países- tiene una creciente preocupación por las ideas económicas, y especialmente la forma en que Japón las pone en práctica, haciendo de este país y de su vida económica una importante materia de estudio“. Afirmaba el famoso economista norteamericano que “en Japón, el Estado es efectivamente, como Marx lo había afirmado en otro contexto, el comité ejecutivo de la clase capitalista. Esto se considera allí normal y natural. Lo cual da lugar a una cooperación plenamente aceptada entre el mundo de los negocios y el gobierno en materia, por ejemplo, de inversiones públicas, planificación y apoyo a las innovaciones técnicas, cosa inconcebible, cuando no llega a considerarse subversiva, en la tradición estadounidense y británica. Se recibirán al respecto otras lecciones más, y ellos seguirán viniendo del Japón. Las actitudes económicas japonesas implican una visión clara de las inversiones en capital humano, es decir, en la educación entendida en sentido amplio. De ahí proviene la elevada competencia de la fuerza de trabajo japonesa, y ello explica sus vastas disponibilidades de talentos para la ingeniería y la administración”.

Sin embargo, todas estas expectativas se truncaron a principios de los 90. Desde entonces, la economía japonesa ha tenido enormes problemas para superar la tasa de crecimiento del 2% y ha mantenido una atonía que sucesivos impulsos fiscales y monetarios no han podido mitigar:




Fuente: EUROSTAT

De hecho, las dificultades del sistema económico nipón proceden de los límites que conlleva una dirección fuertemente centralizada de los asuntos estratégicos y empresariales como la que tenía lugar en este país a través del MITI (Ministerio de Comercio e Industria), lo cual llevó a gastos colosales en proyectos que, al final, no tuvieron éxito como el de la Televisión Interactiva de Alta Definición. Adicionalmente, la rigidez y burocratización dominantes tampoco se convirtieron en factores de motivación para la fuerza laboral.

Es decir, a la vez que el paradigma neoliberal se iba imponiendo, las posibles alternativas colapsaban sin que en ninguna de ellas se vislumbrara una salida con futuro. En la próxima entrada, veremos qué razones hubo para que este paradigma triunfara y, posteriormente, veremos cómo el contexto hacía complicado el éxito de modelos diferentes.




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